La DANA no solo dejó daños materiales, interrupciones y urgencias difíciles de gestionar. También puso frente al espejo a muchas empresas: ¿estamos realmente preparadas para seguir funcionando cuando el entorno falla?
La respuesta, en muchos casos, es incómoda. El Observatorio de Resiliencia Tecnológica y Oportunidades post-DANA, dentro del proyecto Ingeniatech impulsado por Ivace+I y con apoyo FEDER 2021-2027, ha analizado el grado de preparación del tejido empresarial valenciano. La conclusión es clara: la resiliencia tecnológica ya no puede entenderse como un extra, sino como una condición para competir, proteger la actividad y generar confianza.
La DANA como punto de inflexión empresarial
Durante años, muchas empresas han gestionado los riesgos climáticos como algo externo, poco probable o difícil de anticipar. Sin embargo, los episodios extremos ya forman parte del contexto en el que se toman decisiones empresariales.
En el podcast “Con ingenio y a lo loco”, Federico Torres, presidente del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Valencia, explica que el proyecto nace tras las mesas de trabajo organizadas después de la DANA para analizar sectores clave como energía, agua, gas, residuos y logística. El objetivo no era quedarse en el diagnóstico, sino avanzar hacia soluciones concretas para que las empresas puedan prepararse mejor.
Y aquí está la clave: no hablamos solo de reparar lo dañado, sino de aprender a diseñar empresas capaces de responder mejor. Empresas que sepan qué procesos son críticos, qué dependencias tienen y qué decisiones deben tomarse antes de que llegue la emergencia.
El dato que incomoda: pocas empresas tienen protocolos
Uno de los datos más relevantes del estudio es que solo el 6,6% de las empresas de la Comunitat Valenciana cuenta con protocolos ante emergencias climatológicas, mientras que el 93,4% carece de ellos, según la información publicada por Cadena SER a partir del informe del Colegio de Ingenieros Industriales realizado con Improven.
Sergio Gordillo, Socio Director de Improven, lo resume con claridad en el podcast: cerca del 80% del ecosistema empresarial no estaba preparado o contaba con planes insuficientes para afrontar un impacto de esta magnitud.
Este nivel de vulnerabilidad no se explica únicamente por falta de tecnología. Tiene mucho que ver con la cultura de gestión. Si el riesgo no está en la mesa de dirección, no se prioriza. Si no se prioriza, no se asignan recursos. Y si no se asignan recursos, la empresa sigue funcionando bajo una falsa sensación de seguridad.
Resiliencia tecnológica no significa comprar más tecnología
Uno de los errores habituales es pensar que la resiliencia tecnológica consiste en incorporar herramientas, sensores o plataformas de forma aislada. La tecnología ayuda, pero solo genera valor cuando está integrada en los procesos y en la toma de decisiones. Como se plantea en el episodio, el reto no es comprar “maquinitas” para tenerlas en un cajón, sino incorporar soluciones útiles al modo de gestionar la empresa.
Primero hay que responder a preguntas muy concretas:
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¿Qué riesgos pueden parar mi actividad?
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¿Qué información necesito para anticiparme?
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¿Qué procesos deben seguir funcionando sí o sí?
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¿Qué proveedores, sistemas o personas son críticos?
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¿Qué nivel mínimo de operación debo garantizar?
A partir de ahí, la tecnología puede aportar mucho: alertas tempranas, monitorización de instalaciones, copias de seguridad, sistemas de comunicación interna, cuadros de mando, sensorización, herramientas de planificación o soluciones para gestionar la cadena de suministro.
Pero el orden importa. Primero, mapa de riesgos. Después, prioridades. Y solo entonces, inversión tecnológica.
Del “just in time” al “just in case”
Durante años, muchas compañías han buscado la máxima eficiencia: inventarios ajustados, proveedores únicos, procesos optimizados al límite y estructuras muy ligeras. Ese modelo ha permitido ganar competitividad, pero también ha aumentado la fragilidad ante determinados impactos.
La nueva realidad obliga a equilibrar eficiencia y redundancia. Como explica Sergio Gordillo, hemos pasado del “just in time” al “just in case”: no se trata de duplicarlo todo, sino de identificar qué elementos necesitan alternativas para mantener la actividad en caso de crisis.
Un ejemplo sencillo: depender de un único proveedor puede ser eficiente en precio, pero arriesgado si comparte origen logístico, zona geográfica o infraestructura crítica con otros suministros. Tener una alternativa no siempre es más barato, pero puede evitar una interrupción mucho más cara.
La continuidad operativa también construye reputación. Cuando una empresa es capaz de responder, cumplir y mantener la confianza en momentos difíciles, refuerza su posición frente a clientes, proveedores y mercado.
Cómo empezar sin caer en la parálisis
La buena noticia es que prepararse no exige empezar con grandes inversiones. Exige método, criterio y constancia.
El primer paso es hacer un diagnóstico realista: identificar riesgos climáticos, tecnológicos, operativos, logísticos y de personas. Después, priorizar los que pueden tener mayor impacto sobre la actividad. A partir de ahí, definir protocolos simples, responsables claros y sistemas de información útiles.
También es importante formar a los equipos. La mejor herramienta pierde valor si nadie sabe cuándo usarla, quién decide o cómo actuar. La resiliencia tecnológica no depende solo del departamento técnico: afecta a dirección, operaciones, compras, recursos humanos, finanzas y comunicación.
Y conviene avanzar con una idea práctica: mejor suficiente y aplicable que perfecto e inacabado. Un protocolo sencillo, probado y entendido por la organización vale más que un plan ambicioso que nadie consulta cuando llega el problema.
Crecer también es prepararse para resistir mejor
La DANA ha demostrado que la resiliencia no es una conversación teórica. Es una decisión empresarial. Prepararse mejor significa proteger personas, actividad, rentabilidad y confianza. Significa mirar más allá del corto plazo y construir compañías capaces de adaptarse a un entorno que ya no permite gestionar como siempre.
La resiliencia tecnológica no es un gasto defensivo. Es una inversión en continuidad, competitividad y futuro. Porque una empresa más preparada no solo resiste mejor: también aprende, evoluciona y puede salir reforzada cuando otras se quedan bloqueadas.
Si quieres saber cómo reforzar la resiliencia tecnológica de tu empresa y convertir la gestión del riesgo en una ventaja competitiva, ¡nos sentamos y hablamos! Nos encantará escuchar tus necesidades y ver cómo te podemos ayudar.




